segunda-feira, 16 de março de 2015


Carta sobre a deriva da Igreja na Alemanha

Cardeal Cordes: «Protesto!»


(InfoCatólica)

O cardeal alemão Paul Josef Cordes, presidente emérito do Pontifício Conselho Cor Unum, veio a terreiro acerca das recentes declarações aos meios de comunicação do cardeal Reinhard Marx, presidente da Conferência Episcopal Alemã e do bispo de Osnabrück, Franz-Josef Bode, na assembleia geral dos bispos alemães de Hildesheim. O cardeal adverte:

«nem um cardeal pode separar a pastoral da doutrina com um golpe de mão, a não ser que queira passar por cima do sentido de fé vinculante das palavras de Jesus e das proposições vinculantes do Concílio de Trento».

Pelo seu interesse, reproduzimos o mais importante do texto do cardeal Paul Josef Cordes.


De entre lo discutido en la última asamblea general de los obispos alemanes, se han hecho públicas unas declaraciones de su presidente que no han sido ni documentadas ni desmentidas por la secretaría de la Conferencia Episcopal Alemana. Como las palabras del más alto representante de los católicos alemanes poseen carácter orientador y además han tenido repercusión en los medios, es razonable discutir públicamente algunas de las opiniones manifestadas, incluso para limitar la confusión que aquí y allá han  provocado.

Situación lamentable del catolicismo en Alemania

En estas declaraciones, observaba el presidente de la Conferencia Episcopal Alemana que, en la Iglesia universal, hay ciertas expectativas con respecto a Alemania. Esto ya es asombroso. Una encuesta de la fundación Bertelsmann reveló que sólo el 16,2% de los católicos de Alemania occidental creen en un Dios todo poderoso como un interlocutor personal; el resto de los católicos identifican a Dios con una providencia sin rostro, un destino anónimo o una fuerza primordial. O lo niegan simple y llanamente. En realidad, no tenemos ningún motivo para distinguirnos por nuestra fe frente a las Iglesias de otras naciones.

Deformaciones teológicas del cardenal Marx

No sólo sorprende la particular estima que supuestamente se le adjudica a la Iglesia Alemana dentro del catolicismo. Aún resultan más extrañas las deformaciones teológicas y las afirmaciones con las que el presidente de la Conferencia Episcopal declara de forma lapidaria: «No somos una filial de Roma. Cada Conferencia Episcopal es responsable de la pastoral en su área cultural y debe anunciar el Evangelio ella misma como parte de su propia y primordial tarea». Como experto en ética social quizás el Cardenal Marx entienda mucho de la independencia de las filiales de las grandes empresas. Sin embargo, en el contexto de la Iglesia, semejantes declaraciones son más propias de una tertulia de bar.

Las palabas de Cristo y Trento son vinculantes

Qué se esconde detrás de esa «responsabilidad» sobre la «pastoral del área cultural»? En cuestiones tales como la nueva edición del Gotteslob (libro de cantos oficiales que se facilita en cada iglesia alemana, N. del T.) o la decisión acerca del recorrido de la peregrinación a Altötting (santuario mariano bávaro, N. del T.), el presidente de la Conferencia Episcopal Alemana es sin duda competente. Sin embargo, el debate sobre el problema de los separados y vueltos a casar es algo muy distinto. Esta materia está unida al corazón de la teología. Ahí ni tan siquiera un cardenal puede separar la pastoral de la doctrina con un golpe de mano, a no ser que quiera pasar por encima del sentido de fe vinculante de las palabras de Jesús y de las proposiciones vinculantes del Concilio de Trento.

Complejo antirromano

El crucial sentido de comunidad, que es un fundamento teológico-espiritual de carácter central para la Iglesia, aparece claramente en sus declaraciones de Hildesheim como algo sin importancia. Y ello a pesar de que los obispos, en su ordenación episcopal, prometen expresamente mantener la «unidad con el colegio episcopal bajo el sucesor de Pedro». La frase: «No podemos esperar hasta que un sínodo nos diga cómo tenemos que organizar aquí la pastoral del matrimonio y de la familia» ciertamente no está inspirada por el espíritu eclesial de la communio. Así, este «complejo antirromano» no es ni mucho menos la invención de un escritor, sino una realidad propia de las latitudes septentrionales, dotada de fuerza centrífuga. En cualquier caso, es altamente destructiva para la unidad de la fe.

El cadenal Marx no está solo en su deriva

Por otra parte, no es menos cierto que el cardenal Marx no está solo. El presidente de la comisión de pastoral de la Conferencia Episcopal, Monseñor Franz-Josef Bode, ha acudido en su ayuda con la exigencia de que pastoral y dogmática se enriquezcan mutuamente. Esto supondría un discernimiento «históricamente importante», que él califica ni más ni menos como «cambio de paradigma». Para ello, Monseñor Bode no duda en utilizar la constitución conciliar Gaudium et Spes, que dice que no hay «nada verdaderamente humano que no encuentre resonancia en su corazón (de los discípulos de Cristo)».

De lo anterior, Monseñor Bode deduce que «no solamente el mensaje cristiano debe encontrar resonancia en el hombre, sino que los hombres deben encontrar resonancia en nosotros». Y se pregunta: «¿Qué relación sigue teniendo hoy la doctrina de la Iglesia con la vida cotidiana de las personas? ¿Tenemos suficientemente en cuenta las experiencias concretas de las personas para incluirlas en la doctrina? No se puede permitir que doctrina y vida marchen totalmente por caminos distintos». Sin embargo, el intento de derivar contenidos de la fe a partir de la experiencia vital no es tan nuevo como aquí se pretende afirmar, y en absoluto puede reivindicar como suya la expresión «cambio de paradigma».

Patético atajo

Durante las discusiones del Concilio acerca de la relevancia para la fe de los fenómenos sociales o eclesiales, se produjo un debate sobre la expresión bíblica de los «signos de los tiempos». La discusión de los padres conciliares llegó a la conclusión de que, en definitiva, sería errado considerar esos «signos de los tiempos»de la vida del hombre como una «fuente de la fe», de modo que descartaron expresamente el patético atajo de considerar que los fenómenos que desafían a la Iglesia fueran, como tales, una fuente de fe (locus theologicus).

Los obispos en Alemania no son la fuente de la fe

La constitución conciliar sobre la divina revelación, por su parte, enseña sin ninguna duda que la fe de la Iglesia Católica se alimenta exclusivamente de la Sagrada Escritura y de la Doctrina de la Iglesia. Incluso independientemente de lo establecido por esta inequívoca instrucción, resultaría paradójico querer otorgar la función de fuente de la fe a un pequeño grupo de miembros de la Iglesia que viven en una situación tan espiritualmente lamentable como objetivamente irregular.

A la mayor parte de los miembros practicantes de la Iglesia no les afecta este problema directamente. Ojalá los pastores que se reúnen en Roma en otoño sepan dar también a estos hombres y mujeres una guía sobre cómo arraigar cada vez más profundamente su matrimonio en la fe en Jesucristo, para que puedan ser para muchos de sus contemporáneos testigos del poder de Dios en la vida de las personas. Quizás los padres sinodales puedan incluso mostrar su aprecio a todos aquéllos que, por fidelidad a la promesa matrimonial otorgada en su momento, no han contraído ningún nuevo enlace.






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